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     La Velada En Benicarló Página 69 de 93      

obra nuestra casi todas. No cuento los lugares donde han desaparecido hasta
las ruinas. Genio sombrío. Cree poco o nada, comúnmente. Se lanza a creer,
y aspira a lo absoluto.


GARCÉS


Hemos prometido no hacer juicios temerarios sobre España. Vendrán, de
todos modos. Acabada la guerra sufriremos los saetazos del análisis,
lloverán trataditos que investiguen nuestra índole. Así ocurría después del
98. A fuerza de cavilar, se logró entonces poner en claro dos hechos
graves: en España escasea la sangre aria; llueve poco. Me resigno y dobló
la hoja.


MARÓN


El humor belicoso de los españoles no parece hoy más vivo que hace un
año, ni más débil la antipatía del país a una política de aventuras. La
planta monstruosa de guerra y destrucción ha crecido hasta este punto con
asombro de todos. Su germen no parecía contenerla. Del lado rebelde, la
guerra se mantiene por los extranjeros. En nuestro campo, nadie ignora
cuánto trabajo, cuántos desastres ha costado persuadir a los combatientes
mismos que la guerra debía tomarse en serio. Uno es el entusiasmo por la
causa y otro el entusiasmo por la guerra. La guerra se acepta, se padece;
pero entre nosotros a pocos les gusta. La guerra contiene hoy y aspira a
resolver cuestiones mucho más profundas y complejas que las determinantes
de la rebelión militar, problemas derivados del hecho mismo de la rebelión,
de su tenacidad, tal vez no previstos por los iniciadores. Poco a poco se
ha formado esta maraña inmensa. Hemos concluido por comprometer en la
guerra o por comprobar que está comprometido en ella mucho más de cuanto se
pensaba. Sobre eso, la diferencia entre leales y rebeldes es casi nula. No
son menester agudos análisis ni explorar los arcanos de la filosofía de la
historia para comprender que los españoles arriesguen en esta ocasión las
ventajas, comodidades y bienes más de su apego. Cualquier pueblo, sin
exceptuar el nuestro, desea conservarlos. En circunstancias iguales, otro
país habría hecho también lo mismo. Lo que mucho vale, mucho cuesta. Mucho
debe de valer lo que defienden los españoles cuanto tanto lo aman.


MORALES


Ahí comienzan mis dudas, o francamente, mi oposición. Por de pronto, el
violento amor a una cosa no prueba nada acerca de su mérito, sea en el
orden personal de las preferencias íntimas o en el de la vida pública y de
los movimientos populares. Hasta dónde debe llegar merecidamente el
sacrificio por alcanzar una cosa, no debe tasarse según el ánimo de quien
la ambiciona, aunque la procure o la busque heroicamente. Sobre todo, si la
busca o la procura heroicamente, porque el ánimo heroico, admirable y útil,
es posterior al juicio. Es también claro que los bienes de cierto orden,
llamémoslos morales, carecen de equivalencia directa, no son valuables en

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